FISURAS DE ESPERANZA. Tania Puente. Buenos Aires, 2016


El pensamiento es movimiento. Mientras andamos, pensamos. Nos desplazamos con una idea en mente, sin importar qué tan clara o difusa sea. En este acto hay un deseo que deviene en dirección; sin embargo, saber adónde se va no es un hecho certero. El desplazamiento muta y ejerce agencia sobre aquellos que se desplazan: cambian sus hábitos y sus afectos, se reconfiguran sus memorias y se refuerzan o se replantean sus identidades.

En este vaivén cartográfico de cuerpos, ideas y subjetividades se ubica la obra de Fernanda Rege (Argentina, 1973). A manera de muestrario del migrar, sus piezas refieren a desplazamientos precarios y apresurados de individuos y comunidades, inscritos en la vastedad del plano pictórico. Sus relatos visuales se desarrollan en diferentes formatos, desde pinturas de grandes dimensiones, hasta una serie de trabajos con el tamaño de cartas de juego; desde una totalidad absorbente hasta el simbolismo implícito en el azaroso mensaje que entraña una lectura de tarot.

Como señalamientos y contraseñalamientos, algunos elementos se presentan con intermitencia: los alfileres de gancho refieren al carácter provisorio de los pasos y las uniones, a una solución ágil y pronta, pero inestable y frágil. Por su parte, los dados evocan una incertidumbre que puede devenir en fortuna o desgracia, la única manera de saberlo es "echar la suerte a andar". Los diálogos y citas a otros textos serpentean por el espacio, resuenan y ocupan sus límites, son murmullos y pistas, pero que, debido a su diminuta dimensión, escapan a la lectura del ojo. A su vez, como astro o brújula, una espiral late en cada imagen. Es probable que caminemos por los mismos sitios, pero ya no seremos los mismos. Una fisura de esperanza en la búsqueda del trayecto.

Las figuras humanas que aparecen en la obra de Rege son materia, ausencia y presencia. Las formas son apenas una sugerencia, se muestran vulnerables y lábiles, pero siempre de pie. Cada una de ellas posee rasgos particulares, dentro de la masa se distinguen sus individualidades. Su materialidad no sólo se constituye como modo de hacer, sino como totalidad de sentido. La artista aplica sobre las figuras de alambre trementina, agua y betún de judea, una combinación químicamente repelente. Después, las retira y éstas dejan una impronta sobre el soporte. El betún de judea proviene del mar Muerto —geografía de la que se desprende su nombre—, en el cual yacen grandes depósitos de asfalto. Es este material, el asfalto o betún, el mismo con el que se construyen innumerables caminos. Por lo tanto, la silueta que permanece en la obra es una seña constituida por recorridos, la impronta del desplazamiento en una omnipresencia matérica.

En fisuras de esperanza, el recorrido se da desde y en la pintura. El gesto pictórico se devela como movimiento y como pensamiento, un impulso irreprimible que nos señala a todos en este relato cartográfico del andar.

Texto curatorial de Tania Puente. Buenos Aires, octubre 2016.